lunes, 15 de junio de 2015

Sobre Guillermo Zapata y la desigual libertad de expresión

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Ha tardado bien poco el nuevo Ayuntamiento de Madrid en sufrir su primera crisis interna y el resultado ha sido la dimisión del que iba a ser concejal de Cultura del consistorio de Manuela Carmena, Guillermo Zapata, quien publicó en su twitter hacer varios años chistes de humor negro sobre víctimas de ETA o el Holocausto. El resultado de la crisis muestra la debilidad de las fuerzas del cambio a la hora de defenserse de los ataques de la caverna mediática e ideológica que impone los temas sobre los que se habla o no en el Estado español. La crisis deja muy tocada también la libertad de expresión en las redes sociales, que ya había sufrido ataques en sendas Operaciones Araña.

Se podría discutir mucho sobre si realizar chistes ofensivos y crueles debe impedir ejercer un cargo público para el resto de tus días, se podría debatir sobre incorporar leyes que regulen –y por lo tanto restrijan– la libertad de expresión para mejorar la calidad moral de los debates públicos y políticos. Sin embargo, es evidente que la caza de brujas que se ha cernido sobre Zapata –y quién sabe lo que está por venir– no tiene nada que ver con tales discusiones, inevitables en cualquier país del mundo.

La libertad de expresión es un término muy usado y manoseado por sectores amplios de las sociedades occidentales. De hecho, suele usarse como arma arrojadiza contra otros países con gobiernos de signo ideológico muy diferente a los nuestros. Sin embargo, la apropiación de tan amplio concepto como algo puro que existe o no es absolutamente falso. Básicamente, en ningún país del mundo existe libertad de expresión plena ya que todos los estados se aprovisionan de leyes que restringen la expresión de ciertas ideas, en general las ideas contrarias a la ideología dominante. El caso de Zapata es muy claro si lo comparamos con antecedentes previos. Por ejemplo, hace unos meses, cuando se produjo la masacre de Charlie Hebdo, Europa entera trató de sacudirse de su conmoción portando la bandera de la libertad de expresión y defendiéndola bajo cualquier circunstancia, como si fuera algo sagrado e inmutable imposible de matizar. Sin embargo, esta construcción absoluta no se sostuvo mucho tiempo. Cuando la Operación Araña II tuvo lugar, los MMCC dominantes defendieron las detenciones de manera contundente. No había lugar a dudas, no todas las ideas y expresiones pueden ser toleradas por el Estado.

Ejemplos aún más claros son los que vemos todos los días en el Estado español. Simplemente estableciendo algunos paralelismos se comprueba que la libertad de expresión está desigualmente repartida dependiendo de si se alejan o no de la ideología dominante. Por ejemplo, cuando siendo cargo público por el PP, Rafael Hernando, afirmó en referencia a las víctimas del franquismo que "algunos solo se acuerdan de su padre enterrado cuando hay subvenciones" pudo haber estado hiriendo la sensibilidad de muchos familiares de los miles de asesinados por el franquismo cuyos cuerpos están todavía en cunetas, tal y como expresaron organizaciones de familiares. De hecho, algunos de estos pidieron su dimisión pero no debió tener demasiada repercusión en los MMCC y todo siguió igual. Una muestra de similar desprecio mostró el joven portavoz del PP Pablo Casado tratando de "carcas" a quienes quieren saber dónde están enterrados sus muertos. Desde que lo dijo, Casado no ha hecho más que subir en la jerarquía popular. Estos son los casos más célebres, pero los hay a decenas, la mayoría procedentes del PP. Reírse de ciertos muertos no parece perjudicar tu carrera política; hacer un chiste malo siendo un ciudadano corriente te incapacita para cualquier cargo público. ¿Qué ocurriría si a alguien de Bildu se le ocurriera tratar públicamente a las víctimas de ETA como Hernando y Casado tratan a las de Franco?

Bien pensado, y si pensamos en las sensibilidades que podemos herir a través de la expresión de ideas, igual el PP debería de desaparecer por el hecho de que esté fundado por un orgulloso fascista como Manuel Fraga. No seré yo quien lo pida pues entiendo que la política tiene que ver con la confrontación de opiniones e ideas, con todo lo serio y complejo que esto significa, pero vaciar el debate de ideas y llenarlo de límites a la libertad de expresión es bastante peor, sobre todo teniendo en cuenta lo desequilibrado que está el poder mediático en este país.

En definitiva, si las fuerzas por el cambio aspiran a cambiar verdaderamente el país deberían no seguirle tanto el juego a la caverna mediática, que no representan a tantos españoles como su masiva presencia en la TDT invita a pensar. Algo de pedagogía y menos tacticismo extremo nos vendría bien de cara al futuro lejano.

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