domingo, 5 de noviembre de 2017

Crónica de la Revolución Rusa en 1917

                                                       "Me he ido adonde no queríais que fuera"
                                                               Lenin, la noche del asalto al Palacio de Invierno.

La Revolución Rusa es unos de los acontecimientos históricos más trascendentales y comentados. Supuso, junto a la 1ª Guerra Mundial, el fin del S.XIX, un siglo marcado y dominado por la burguesía ascendente y el liberalismo. El conflicto bélico aceleró la decrepitud de aquel sistema enfrentando a las potencias que lo habían engendrado sacrificando para ello a los más pobres, mientras que la Revolución Rusa sirvió para que estos últimos, los proletarios, pasaran la factura de tanto sacrificio en vano. 

Sin embargo, la Revolución fue un proceso mucho más complejo, proteico y espontáneo de lo que muchos creen. Y es que lo ocurrido en aquel año 1917 en Rusia sigue siendo un proceso desconocido para muchos, incluyendo a muchos izquierdistas, que han optado por mitificarlo e idealizarlo sin encarar las contradicciones y oportunidades que la Revolución conllevaba. Han tratado de convertirla en una pieza más del solemne museo de la Historia. Este artículo, como los otros que hemos publicado estos días sobre la Revolución, trata de llevar al lector a conocer mejor los hechos del 1917 ruso.

PARTIDOS POLÍTICOS PRINCIPALES DE LA ÉPOCA
Para que al lector le sea más fácil familiarizarse con los nombres de los partidos políticos y sus protagonistas hemos elaborado un esquema informativo sobre ellos:

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La Revolución de febrero
Ninguno de los partidos políticos estaba preparado para lo que ocurrió en los últimos días de febrero de 1917 en Petrogrado. El inicio de la Revolución fue obra de las masas proletarias de la capital del imperio zarista, hartas de la guerra y de las míseras condiciones de vida. Se suele dar como fecha de inicio de la revolución el 23 de febrero, Día Internacional de la Mujer, pero sería interesante señalar otra fecha clave e igual de icónica para el pueblo ruso, el 9 de enero, aniversario doce de la masacre del Domingo Sangriento, que desató la Revolución de 1905. Entonces se manifestaron 150.000 personas en Petrogrado, movimiento replicado en Moscú, Jarkov y Bakú, principales centros industriales del país.

La oleada de huelgas que siguieron a ese aniversario duraron semanas hasta llegar a una pequeña tregua a finales de febrero. El día 23 se presentaba tranquilo hasta que varios miles de obreras textiles del barrio de Víborg salieron a la calle para animar al resto de trabajadoras a marchar. Las mujeres sufrían no solo la opresión laboral sino también la humillación de esperar todas las madrugadas para poder adquirir un poco de pan con el que mantener el hogar, esfuerzo que no siempre tenía su recompensa. A las pocas horas ya eran 50.000 mujeres; a la tarde, habiéndose sumado los hombres, la cifra alcanzaba 90.000.

Pero la protesta parecía no haber alcanzado todo su potencial aún. Los obreros de la mítica fábrica de Putílov –40.000 trabajadores que habían sido el motor de la Revolución 1905– no se habían sumado. De hecho, las clases acomodadas aparentaban tranquilidad, incluyendo al siempre ignorante zar Nicolás II, que había abandonado la capital para trasladarse al cuartel general del ejército. En la capital quedaron varios miles de policías, cosacos y un enorme ejército acantonado, dispuestos a reprimir al pueblo en caso de revuelta, según creía el zar y sus huestes. Estaban equivocados.

Durante la noche del 23 al 24, protegidos por la oscuridad del invierno ruso, los militantes y activistas más intrépidos se encargaron de reorganizar el incipiente movimiento que había surgido de la voluntad de las obreras. Las consignas expresadas el 24 daban un paso adelante en el tono de la protesta: "¡Abajo la autocracia! ¡Acabad la guerra!". La policía de la ciudad, formada por elementos desclasados e indiferentes, reprimió duramente las manifestaciones. Pero no fue así en el caso de los otrora temibles cosacos, quienes, subidos a sus imponentes caballos se permitían el lujo de sonreír al pueblo. Fue este un momento clave en la lucha, sin duda.

Una famosa imagen del Día de la Mujer, chispa de la Revolución de Febrero.
En el día 25 de febrero, la policía fue derrotada y los cosacos prácticamente cooptados ya que, sin haberse sumado oficialmente a la insurrección, sí habían protegido al pueblo de la policía. Los soldados, hijos en su mayoría de campesinos pobres, temblaban ante la posibilidad de tener que masacrar a aquellos que se habían atrevido a levantarse contra el zar. Además, entre esas multitudes, estaban sus familiares, novias y amigos que imploraban solidaridad por parte de la soldados.

Para el día 26, domingo, la zarina telegrafió a su marido: "La ciudad está en calma". Nicolás II, que no lo debía tener tan claro, había ordenado al general Jabalov que "pusiera fin a todos los desordenes que sufre la capital". Inicialmente, estallaron disparos en varios puntos de la ciudad. Las masas no estaban armadas, por el momento. El prestigioso obrero bolchevique Shliapnikov creía que serían los argumentos y el heroico ejemplo del proletariado lo que conseguiría ganarse el corazón de los soldados, muchos de los cuales optaban por disparar al aire cuando recibían órdenes de un superior. Fue el Regimiento Pavlovsky el primero que, de manera espontánea y confusa, llegó a atacar a las propias fuerzas armadas zaristas. Fue la primera grieta de un muro que se venía abajo ante la cascada de protestas. 

El día 27 febrero amaneció con los cuarteles en pleno debate. Los soldados del Regimiento Volynski que habían disparado el día anterior se arrepentían y se unían a los ya convencidos. Uno de ellos diría: "Los que están ahí fuera pidiendo pan son personas normales, nuestros padres, madres, hermanos y novias. Yo propongo que no marchemos contra ellos mañana. Ya se ha derramado demasiada sangre. Y ahora ha llegado el momento de morir en nombre de la libertad". 

Cual fichas de dominó, los cuarteles fueron cayendo uno tras otro en favor de la Revolución. A la tarde, la insurgencia ya disponía de miles de rifles, revólveres y varios cientos de ametralladoras. Con la fuerza de las armas liberaron con facilidad a los presos políticos. El estado zarista estaba tan quebrado que el general Jabalov tenía que explicar con torpeza al zar que sus órdenes e instrucciones no llegaban a sus subordinados. 

Nicolás II rodeado de su familia. La dinastía Romanov sería asesinada el 17 de julio de 1918.
Las ondas de la revolución de Petrogrado eran replicadas por otras ondas rebeldes en el resto de Rusia, que ya nunca más sería una Rusia zarista, pues Nicolás había sido arrojado al vertedero de la Historia por un pueblo que se sentía dueño de su destino. El Zar abandonó a sus generales con la intención de llegar a Tsárkoye Seló, el palacio familiar de las afueras de Petrogrado. El servicio ferroviario desvió su tren, que le llevó a una vía muerta. Abandonado hasta por sus propios cortesanos, había dejado de ser zar. "Si Rusia entera se arrodillara para pedirme que volviera, no lo haría", dijo ofendido. El último de los Romanov no se había enterado de nada.

Un poder dual: el soviet y el gobierno provisional
Con la abdicación del Zar –su linaje y él mismo serían extintos en verano de 1918–, iba a empezar una disputa por el poder en Rusia que se iba a alargar hasta el mismo Octubre Rojo, cuando los bolcheviques tomarían decididamente en sus manos los destinos del país. Pero en marzo de 1917 los bolcheviques no eran en absoluto la fuerza política predominante. Partían con muchas desventajas con sus otrora camaradas mencheviques y los eseristas, el gran partido del bloque de izquierda que contaba con el conocido y veleidoso Kérensky, que se convirtió rápidamente en el político más popular tras febrero. 

Una de los rasgos característicos y más apasionantes de 1917 es el surgimiento desde febrero de un poder bicéfalo que chocará y friccionará durante los meses posteriores hasta hacer insostenible la situación. De un lado, el poder formal recaerá en un Comité Provisional de la Duma, que pronto pare de su seno un Gobierno Provisional, liderado por los kadetes –y en especial por el profesor de Historia Pavel Miliukov– y en donde participan octubristas como el millonario Guchkov y algún izquierdista afortunado como Kérensky, al mando de Justicia. 

Alexander Kerensky se alzó como indiscutible primer líder de la Revolución de Febrero.
Pero Kérensky vale para un roto y un descosido. Como no podía ser de otra manera, el polivalente ministro de Justicia tiene voz y voto en el otro gran poder que surge entonces, el resucitado Soviet de Petrogrado, donde el pueblo que hizo caer al Zar tiene verdaderamente depositadas sus esperanzas y apoyos. El Soviet encarnará a la perfección los valores de la Revolución pero su formación es muy heterogénea. Como ya hemos anotado en el cuadro sobre los partidos políticos de arriba, había importantes diferencias entre las fuerzas de izquierda.

Tanto mencheviques como eseristas estaban plenamente convencidos de que había que colaborar con el Gobierno Provisional, máxime si en él estaba ya alguien tan icónico como Kérensky. A pesar de esta actitud, no tragaron con los planes iniciales de los octubristas y del hábil kadete Miliukov de preservar la monarquía dándole el trono al moderado hermano de Nicolás II. También en los bolcheviques existían divergencias y más si tenemos en cuenta que muchos de ellos estaban en el exilio y su regreso a Rusia no era precisamente fácil. En marzo, mientras un tren sellado cruzaba Alemania con un ilustre  pasajero a bordo, líderes moderados del partido como Stalin o Kamenev –al mando del periódico del partido Pravda– optaban por posturas similares a los mencheviques, e incluso estudiaron una fusión con ellos. Todo fuera por salvar aquella revolución que tanto prometía.

Llegada de Lenin
Pero las aguas no estarían tranquilas durante mucho tiempo. La dialéctica entre masas revolucionarias y élites reaccionarias iba a torpedear las posturas reformistas durante los meses siguientes. Si la mayoría del pueblo –especialmente los soldados que tanta presencia tenían en el Soviet– quería acabar la guerra de inmediato, el Gobierno Provisional, los partidos conservadores y amplios sectores reformistas optaban por la continuación del esfuerzo bélico, aunque cada formación variara sus justificaciones teóricas. 

Recreación artística de la llegada de Lenin a Petrogrado.
A principios de abril un tren llega a la estación de Finlandia en plena noche. Una importante comitiva y cientos de simpatizantes del partido bolchevique esperan la llegada de uno de sus líderes más icónicos y veteranos: Vladimir Ilich Ulianov, más conocido como Lenin. Nada más llegar, encaramado a un coche cuyos focos iluminaban a los ahí congregados, Lenin da su primer discurso. En él, resume las Tesis de Abril, un texto que ha preparado durante su viaje a medida que iba informándose de la situación de su país. Su llamado a romper con el Gobierno Provisional, entregar el poder a los soviets y acabar con la guerra imperialista no gusta del todo entre sus camaradas, que le miran como a un extraterrestre. Sus Tesis fueron publicadas en Pravda por compromiso, con una nota adjunta que explicaba que la mayoría de la dirección no compartía lo escrito por el camarada Lenin.

Sin embargo, ese hombre extremadamente audaz irá ganando terreno desde bien pronto, pues sintoniza con el sentir popular mejor que la mayoría de sus compañeros bolcheviques. Para conocer mejor este Lenin populista recomendamos leer el artículo publicado sobre su pensamiento. A finales de este mes de abril, tras el Congreso del Partido, las posturas leninistas se harán hegemónicas en el partido –aunque seguirán siendo miradas con recelo por muchos dirigentes–. Al ascenso del leninismo contribuyó decisivamente lo acontecido en las Jornadas de Abril.

Las Jornadas de Abril y la crisis de Gobierno
Por su parte, al Gobierno Provisional le costaba mucho no encolerizar al pueblo, ni siquiera con el colchón que le proporcionaba el Soviet de Petrogrado, dominado por eseristas y mencheviques que debían alternar la contención de las masas con la obtención de ciertas concesiones del Gobierno burgués. Pero algunos temas como la Gran Guerra no aceptaban matices ni puntos medios. Miliukov, el hombre fuerte del Gobierno, emitió una nota informativa con la intención de tranquilizar a las potencias aliadas respecto al indudable esfuerzo bélico ruso. Traducido al lenguaje de las masas: Rusia iba a continuar a pleno rendimiento con la guerra. Aquello no sentó bien.

Pavel Miliukov, hombre fuerte del primer gabinete, iba a tener que abandonar el Gobierno Provisional tras las Jornadas de Abril y la crisis que las mismas produjeron. Miliukov encarnaba un imperialismo belicista tan indisimulado que acabó con la paciencia de las masas y el propio Soviet.
Las vanguardias revolucionarias de entre los marineros y soldados salieron a la calle armadas hasta los dientes llamando a derribar al propio Mïliukov. Llegó a haber intercambios de disparos con una contramanifestación kadete y las protestas decayeron a los dos días. El Gobierno Provisional tenía las horas contadas, por lo que se improvisó un nuevo gabinete entre kadetes y reformistas. Miliukov había sido quemado y su sustituto natural como cabeza visible del Gobierno no podía ser otro que el eserista Kérensky, quien, además, se haría cargo de la complicada cartera de Defensa. Aquel hombre teatral e histérico tocaba techo en su popularidad aunque muy pronto su incapacidad y sus actos iban a decepcionar a las masas, que todavía le tenían en estima.

Kérensky inicia un viaje por las trincheras de la guerra intentando insuflar fervor patriótico en la soldadesca, que había adquirido importantes libertades y derechos gracias a la Revolución de Febrero. Ahora exigían respeto de sus superiores y afirmaban obedecer únicamente al apreciado Soviet de Petrogrado, adonde enviaban a sus representantes electos. No era tarea fácil para el camaleónico Kérensky, cuyos efusivos discursos chovinistas no tenían gran efecto en aquellos soldados que abandonaban en masa el frente, fluían por las vías ferroviarias, ocupaban vagones enteros de tren e incomodaban al resto de la sociedad al llegar a las ciudades.

La cuestión sobre la guerra iba a colear hasta llegado junio, cuando el reformista Soviet, donde los bolcheviques poseían solo uno de cada siete delegados, iba a organizar una manifestación en favor de la unidad en torno a la guerra y el "defensismo revolucionario", postura que avalaba el esfuerzo bélico como defensa de la Revolución defendida por mencheviques y eseristas. La maniobra acabó resultando desastrosa para ellos pues la manifestación del 18 de junio encumbró a los bolcheviques, cuyas banderas rojas y lemas contra los "diez ministros capitalistas" dominaron la puesta en escena. Una vez más, las masas pedían a gritos el giro a la izquierda del demasiado cauto Soviet.

Las Jornadas de Julio
Pero tampoco los bolcheviques las tenían todas consigo, pues incluso Lenin titubeaba ahora sobre la posibilidad de la toma inmediata del poder. Y más tras el intento del Gobierno Provisional de desplazar a las mejores unidades militares –el famoso Primer Regimiento de Ametralladoras, bolchevique hasta la médula– al frente desde Petrogrado. La mirada de las masas se posaba en los bolcheviques, que amagaban con la toma del poder.

Representación del film Octubre de Serguei Eisenstein que muestra la represión de las Jornadas de Julio.
El día 3 de julio, empezaba la que sería la movilización más grande de las masas hasta la intentona de Kornilov en agosto. Decenas de miles de obreros, soldados y marineros de Kronstadt, la vanguardia del proletariado, tomarán la ciudad durante dos días armas en mano, presionando a los sobrepasados bolcheviques para que se pusieran a la cabeza del emergente movimiento. Tuvo que ser Zinoviev, del ala moderada del partido y un hombre de conocida afabilidad, quien trató de reconducir la revuelta hacia tonos más pacíficos.

El 4 de julio, la mañana vio desfilar a medio millón de personas por las calles de Petrogrado, un éxito en gran medida inmerecido para los bolcheviques. Sin embargo, la violencia del día 3 tendrá su eco ya que la impresionante exhibición de fuerza será dispersada mediante ametralladoras causando la muerte de muchos y la furia de todos. Una turba marchó a la sede de los bolcheviques para que un incómodo Lenin les dirigiera unas palabras. Tras ello, acudieron a la sede del Soviet en el Palacio Táuride, donde se vivieron momentos de gran tensión. Un obrero exaltado le asestó un puñetazo al ministro eserista Chernov, que había confiado en poder calmar los ánimos. Tuvo que ser el carismático Trotsky, recientemente ingresado en el partido bolchevique, quien pusiera a salvo al pobre Chernov.

Al día siguiente las aguas parecían volver a su cauce no sin antes haber deformado el curso de la revolución. Los bolcheviques, por un lado, intentaron apropiarse del impresionante movimiento recalcando que su repliegue se debía a las ordenes del partido, algo no muy cierto. Simplemente, habían sido desbordados una vez más por tan amplio caudal revolucionario. Sin embargo, existía otro motivo que obligaba a mostrar moderación: la difusión de informaciones que acusaban a Lenin de ser espía alemán.  

La contrarrevolución asoma
Las Jornadas de Julio iban a dar por finiquitada la existencia del segundo Gobierno Provisional, provocando la salida de los kadetes y dejando el mando a eseristas y mencheviques. Kérensky se convertía en presidente del gabinete, puesto que había estado ocupado hasta entonces de manera anodina por el príncipe Lvov. Además, seguía reservándose la cartera de Defensa. Para entonces Kérensky está agotado políticamente, pues su famosa Ofensiva Kérensky –un intento de obtener una victoria militar contra las potencias centrales en la región de Galitzia– ha sido un desastre y su papel de líder carismático está entrando en barrena. Petrogrado exige un giro a la izquierda que Kérensky, de naturaleza oportunista y escaso en principios morales, es incapaz de llevar a cabo.

De hecho, para entonces resulta evidente que tanto Kérensky como los sectores conservadores mencheviques y eseristas empiezan a alinearse con la reacción o, al menos, a no alinearse con el radicalismo de las masas. Las mentiras propagadas sobre el espionaje alemán desde el panfleto de extrema derecha Zhivoe slovo habían sido promocionadas en secreto por el propio Kérensky y Lenin se vio obligado una vez más a refugiarse en Finlandia mientras se sucedían los acontecimientos. 

Tras haber alcanzado su cenit de intensidad a principios de julio, ahora la revolución parece intimidada por los acontecimientos. Los propios bolcheviques padecen en sus carnes la represión organizada desde el Gobierno dejando al partido en una situación de semi ilegalidad, deteniendo líderes, desarmando a los Guardias Rojos y suprimiendo diarios bolcheviques. Tampoco se podían obviar las acusaciones de espía alemán a Lenin, que llegaron a calar en ciertos sectores populares. La contrarrevolución asomaba y empezaba a campar a sus anchas. Hasta se había restaurado la pena capital, un golpe muy duro para el ánimo del pueblo. Pero la reacción necesitaba un cabecilla a la altura y ese no podía ser Kérensky, que empezaba a estar bastante desubicado, sino un militar que disciplinara el país a nivel interno y enfrentara a nivel externo la amenaza del káiser alemán, cuyas tropas se aproximaban a Riga, muy cerca de Petrogrado.

El militar zarista Lavr Kornilov protagonizó una intentona golpista a finales de agosto tratando de cercenar definitivamente las esperanzas de una revolución que parecía estar agotada. 

El golpe de Kornilov
La presentación en sociedad del nuevo comandante en jefe de los ejércitos de Rusia se produjo en el teatro Bolshoi en Moscú durante una Conferencia Estatal organizada por Kérensky para unir diversas fuerzas sociales y políticas. Estaban presentes desde grandes capitalistas y banqueros hasta miembros de soviets, pasando por sindicalistas y cooperativistas. Y claro, allí había poco que unir. Las autoritarias palabras de Kornilov fueron aplaudidas por los millonarios y el discurso alucinado de Kérensky fue apoyado por las izquierdas moderadas ahí congregadas, entre las que no se incluía, claro está, la izquierda bolchevique. 

Kornilov había sido vitoreado por las clases altas moscovitas como un salvador. "Se ha convertido en una bandera. Una bandera que algunos consideran contrarrevolucionaria y otros como el estandarte de la salvación de la patria", afirmaba un alto mando del ejército sobre la nueva promesa de la reacción. Kérensky, por su parte, empezaba a aceptar y asimilar la idea de que la revolución tenía los días contados, pero necesitaba quebrar la voluntad de las masas revolucionarias y de los bocheviques, y para ello la ayuda de Kornilov era imprescindible. Absurdamente, y en un síntoma claro de enajenación, Kérensky quería seguir siendo el líder del Gobierno Provisional aunque tuviera que someter a quien fuera su valedor –el propio Soviet– y cumplir el programa político de quienes iban a volver a mandar en Rusia, la alta burguesía y los militares zaristas. Dos cabos difíciles de unir.

Kornilov, hombre de pocas palabras y naturaleza dura como buen siberiano que era, no estaba para aguantar las excentricidades del abogado metido a político vanidoso que era Kérensky. Los tiempos  y los amos del país clamaban por soluciones tajantes de corte autoritario que enterraran en el olvido aquellos experimentos de votaciones en soviets y manifestaciones con banderas rojas. En la mentalidad de Kornilov, Kérensky no merecía más que la cartera de Justicia de un nuevo gabinete dictatorial. Durante diez días, estos dos hombres tan distintos no supieron entenderse y dieron aire al movimiento revolucionario.

En las elecciones a la Duma de la ciudad de Petrogrado celebradas el 20 de agosto los bolcheviques obtuvieron un resultado excelente y empezaban a acercarse a los eseristas, mientras que los mencheviques se hundían en su indefinición. La revolución daba muestras de estar muy viva y los bolcheviques aparecían como los campeones de entre los revolucionarios, los únicos cuyo entusiasmo podría detener el golpe que se avecinaba.

El 27 de agosto, Kornilov exigió una vez más a Kérensky el mando único en Petrogrado y la instauración de la ley marcial en la capital. El abogado vaciló, y finalmente decidió pedir la dimisión del general al darse cuenta de que ceder ante él significaría su fin político. Kornilov no se tomó a bien este desprecio por lo que desató el golpe enviando a Petrogrado a soldados leales, cosacos y a la temible División Salvaje, montañeses del Caucaso conocidos por su ferocidad. 

Una pintura de la División Salvaje atacando a infantería austríaca durante la Gran Guerra.
Tras algunos rifirrafes con el Gobierno de Kérensky, pronto el Soviet comprendió que el golpe podía aniquilar todo lo que se había obtenido durante meses. Se creó el Comité para la Lucha contra la Contrarrevolución, en el que estaban representados mencheviques, eseristas y, ahora sí, bolcheviques. Como suele ocurrir en estos caso, el golpe desde el exterior diluye las desavenencias en el interior. Además, a estas alturas los bolcheviques –y este era el análisis de Lenin–  preveían que Kérensky era un cadáver político y que, sin ejército que le defendiera, su gobierno bonapartista no tenía ningún poder real. 

A los pocos días, el golpe había fracasado estrepitosamente. Nuevamente, la voluntad y entusiasmo de las masas lograron una gesta histórica con manifiesta facilidad. Como le había sucedido al Zar, Kornilov no pudo movilizar a sus tropas a través de unas líneas ferroviarias entregadas al fervor revolucionario de sus trabajadores. Prontamente, las vías férreas estaban cortadas y obstruidas, lo que dejó tirada a la soldadesca, que cayó presa de la confraternización con un pueblo que le rogaba cesar el golpe y entregarse a la discusión política y la lectura de panfletos. Hasta los otrora aterradores musulmanes de la División Salvaje fueron cooptados por el ánimo de la gente. El golpe había sido vencido y la reacción se batía en retirada.

Septiembre de transición
El Soviet de Petrogrado inició septiembre en medio de una concordia nada usual. Los bolcheviques habían propuesto, en boca del siempre moderado Kamenev, una moción en favor a la formación de un gobierno nacional compuesto por representantes obreros y del campesinado, la confiscación de tierra a los grandes señores sin compensación, el control obrero de las fábricas y la paz. Por primera vez en la Revolución, el Soviet aprobaba una resolución bolchevique ya que, para entonces, los eseristas de izquierda y los mencheviques internacionalistas eran mayoría en sus partidos. Hasta Lenin decidió aparcar durante unos días sus planes para tomar el poder.

Durante el año 1917, Kamenev encarnó los valores del bolchevismo más moderado y conciliador junto a Zinoviev.
Prontamente, tuvo lugar un hecho clave para entender lo que se aproximaba. El tan exitoso y poderoso Comité para la Lucha contra la Contrarrevolución se transformó en el Comité Militar Revolucionario (CMR), una organización en clave ofensiva que, evidentemente, estaba muy influida por el bolchevismo. El CMR se convertía así en instrumento potencial de la toma del poder a cargo de las masas revolucionarias lideradas por el partido más radical y eufórico del momento.

Desde el Gobierno, Kérensky despreciaba la moción aprobada por el Soviet en favor de un gobierno obrero, algo que también hizo el Comité Ejecutivo Panruso. Kérensky se sostenía en el poder a pesar de sus debilidades, ya inmensas y terminales, y la fractura entre socialistas moderados y radicales se agigantaba. 

Aunque el artículo gire especialmente en torno a lo sucedido en Petrogrado, conviene destacar también el surgimiento de sentimientos nacionalistas en el resto del vastísimo territorio ruso, especialmente en Ucrania, Finlandia –en donde los respectivos parlamentos caminaban hacia la autodeterminación–, el Caúcaso, Uzbekistán, los países báticos... También el campo estaba experimentando importantes convulsiones desorganizadas y que luego traerían grandes problemas en los primeros años de gobierno bolchevique. El país entero era un magma de impulsos rupturistas aparentemente ingobernables.

El Octubre Rojo: debate y decisión
A mediados de septiembre, Lenin ya empezaba a alertar al partido de la necesidad de tomar el poder cuanto antes. Sus camaradas de Petrogrado, aprovechando la ausencia del veterano líder, publicaron en Pravda algunos de los textos leninistas de principios de septiembre, en los que Lenin aún abrazaba la posibilidad de un gobierno de mencheviques y eseristas. Evidentemente, esto enfadó al propio Lenin, quien empezó a planear su regreso a la capital de la revolución. Para ello, necesitó confeccionarse un disfraz que le camuflara.

Un Lenin camuflado se propone llegar a Petrogrado.
Los hechos iban dando poco a poco la razón a Lenin. A mediados de septiembre se había organizado una suntuosa Conferencia Democrática que evidenció no solo la ausencia de unidad entre las fuerzas políticas, sino la irrelevancia que empezaban a tomar muchas de las decisiones gubernamentales e institucionales, dado el avanzado estado de autonomía que había entre los soldados y obreros. Definitivamente, la revolución necesitaba pasar el testigo a otra fuerza política que la revitalizara y, en otoño de 1917, solamente los bolcheviques poseían el vigor necesario para tan grande desafío.

Lenin empezó a impacientarse al ver que sus camaradas no asumían el escenario de la toma del poder. En el Comité Central del partido, Zinoviev defendía aguardar al Congreso de los Soviets de finales de octubre antes de tomar parte en "ninguna acción directa y aislada", mientras que Lenin tenía "la profunda convicción de que si esperamos al Congreso de los Soviets, y dejamos pasar este momento, destruiremos la revolución". El contraste de pareceres era absoluto por lo que Lenin amagó con la dimisión del CC, amenaza muy típica en el partido que rara vez se llevaba a cabo. Sin embargo, Lenin sí que empezó a comunicarse directamente con las bases bolcheviques ya que el altavoz del Pravda le daba la espalda.

En la noche del día 10, en la espaciosa casa del menchevique internacionalista Sujanov, se reunió de manera clandestina el CC bolchevique. Sujanov se iba a quedar aquella noche trabajando en el Smolny, sede del Soviet, por lo que su esposa Galina Flakserman, militante bolchevique, aprovechó la oportunidad para dar cobijo a tan importante reunión de su apreciado partido. Acudieron Trosky, Kollontai, Stalin, Uritski, Yakovleva, Kamenev, Zinoviev y un hombre extraño que "parecía un ministro luterano", según recordaría la feminista Kollontai. Aquel hombre era Lenin, quien más intrépido y apasionado que nunca logró girar la postura del CC hacia la toma inmediata del poder. "Gracias al ejército tenemos una revólver apuntando al templo de la burguesía", opinaron Kamenev y Zinoviev en su defensa de una estrategia más conservadora que esperara a la ansiada Asamblea Constituyente. La resolución de Lenin fue la aprobada al final de aquella larga noche de debate.

El Octubre Rojo: la toma del Palacio de Invierno
Pero todavía faltaba organizar las piezas que asumieran el papel decisivo en la toma del poder. Es decir, los soldados, dispersos en organizaciones y siglas como el CMR, la Organización Militar, diversos regimientos, marineros... También se cernían dudas sobre la actitud que tomarían las masas en caso de una acción directa y unilateral de los bolcheviques, pues una cosa era defender la revolución contra Kornilov, y otra bien distinta descabezar al Gobierno Provisional sin debate en el Soviet de por medio.

Pasaron los días y los movimientos esperados no se concretaban para desesperación de Lenin. Incluso surgían discrepancias nuevamente entre los bolcheviques, como las afiladas notas que se enviaban entre Kamenev y Lenin o la dimisión no aceptada por el CC de Stalin. Fue entonces cuando la figura de Trotsky se alzó por encima de las demás para conjuntar a la mayoría de las unidades militares en torno a las tesis bolcheviques, fortaleciendo al CMR y haciéndolo virar a la izquierda. Con la adhesión de los soldados de la estratégica Fortaleza de San Pablo y San Pedro y el control efectivo de la mayoría de los depósitos de armas de Petrogrado, la toma del poder estaba lista para efectuarse.
Recreación de la película Octubre de la toma del Palacio de Invierno.
En la noche del 24 al 25 de octubre –en nuestro calendario gregoriano el 6-7 de noviembre–, sin excesivas dificultades, los soldados, obreros y marineros tomaron el poder de los principales puntos de la ciudad, incluido el propio Palacio de Invierno, donde permanecían la mayoría de ministros del Gobierno Provisional. Kérensky, que había intentado organizar una resistencia valiéndose de las milicias kadetes, viendo el fracaso al que se enfrentaba, decidió huir de la ciudad. Su fin había llegado y no parecía importarle a nadie. Abandonó poco después Rusia y vivió en EEUU, donde acostumbraba a contar historias sobre lo que quiso y no pudo hacer por su país. Murió en 1970.

Mientras el asalto al poder tomaba forma, un impaciente Lenin decidió abandonar su escondite contrariando las órdenes del CC. En su apartamento dejó una nota para sus camaradas: "Me he ido adonde no queríais que fuera". Intentando llegar al Smolny, donde se asentaría el nuevo orden socialista, se cruzó con milicias kadetes que no le reconocieron. Al llegar a su destino, fue recibido entre aplausos y ovaciones. 

El Segundo Congreso de los Soviets vería triunfar –no sin críticas de los sectores conservadores del Soviet– las tesis bolcheviques, las tesis que Lenin llevaba predicando desde que llegara en un tren sellado a principios de primavera. Se proclamó un Gobierno Revolucionario, y aquella mañana, Petrogrado alumbró un país diferente que se convertiría en una esperanza para los proletarios del mundo en los años venideros. 

Pronto vinieron tiempos durísimos: una Guerra Civil, un país deshecho y hambriento invadido por las potencias imperialistas, conflictos terribles dentro del partido, la prematura muerte de Lenin, los límites del nuevo estado soviético, las contradicciones de la burocracia, el campo y las nacionalidades... Pero esa es otra historia. Es la historia del S.XX, siglo parido por la más grande de las revoluciones que se hayan conocido.

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